sábado, noviembre 26, 2005

Hola a todos, miren, ahora hasta fotos subo. El chiste es que escribí un cuento de los pecados capitales y me inspiré en algunas fotos y cosas que leí. Entre todo eso encontré una colección litográfica de cada uno de los pecados. Este de arriba, obviamente es la avaricia. Está chido no? La próxima semana si se portan bien les pongo otro. Mientras eso ocurre, les publico uno de mis últimos cuentos, precisamente pecador. Y dice


El libertador
Por Ce Xochitl Tlauhkopa

Dejó que su vista vagara por el jardín infinito de amapolas carmesí. Se detuvo sobre la más lúgubre; una vieja flor guinda que matizaba casi al púrpura. La repasó minuciosamente como si pudiera olerla. Se dejó llevar por el cielo dulzón y las nubes anaranjadas que lo tapizaban. Posó el brazo sobre un sauce seco de lágrimas, cubierto con nieve oscura. Se alejó, observó con detalle cada esquina del cuadro, dio dos pasos más hacia atrás y contempló aquella obra esquizofrénica inmortalizada en óleo; empotrada en el cuarto donde esperaba ansioso el comienzo de la ceremonia. Sonrió confiado y se sentó frente al cuadro a beber.

El sillón de piel oscura era sin duda su compañero de pensamientos. Ahí permaneció con la mente en blanco hasta que decidió ponerse en pie. Dio vueltas alrededor del cuarto ociosamente, como buscando lo que nunca existió. Caminaba lento, pero no estaba cansado. Una hora antes había estado con una hembra, quizá dos, sólo él sabe cuántas. A pesar de eso se mostraba con el porte de siempre: abrigo rígido, vista al frente, paso lento y gallardo; tranquilo. La experiencia y el recuerdo se fueron difuminando como el calor del cuarto que se cerraba en el lugar y el olvido. No se notaba fatigado, en verdad, más bien aburrido. Siguió andando en círculos mientras daba los últimos toques al nudo en su corbata. Sonrió hacia el techo relajado, frío, como quien todo lo puede. Un sonido seco en la puerta puso fin al compás de pasos concéntricos.

Se enderezó, tomó una botella medio vacía que estaba junto al sillón y la exprimió sobre su boca sin derramar gota alguna. Miró de nuevo el óleo como si de un amuleto se tratara y se dirigió a la puerta. Sin aclarar su garganta soltó un seco "ahora voy". Echó un último vistazo hacia atrás, donde se mezclaba el óleo confuso y la mezcla de calor, de sonidos, el olor a licor costoso y maderas recién pulidas; tantas cosas que se perderían en algún lugar tan pronto como él se retirara. Abrió rápidamente la puerta y salió.

Encontróse ahora en un túnel largo y recto; un gusano hueco y de un gris tan muerto que parecía que el tiempo no se detenía allí. Los zapatos con cubierta de alguna criatura que alguna vez respiró resonaban con fuerza a cada paso. Un individuo flaco, de piel arrugada y ojos cansados lo escoltó dándole algunos consejos que él ni siquiera escuchó porque no quería hacerlo, o porque consideraba a aquel asistente un poco idiota. Sus planes no eran generosos, eso estaba claro, pero nadie suponía que su idea de crecimiento fuera tan ambiciosa como apoderarse del asqueroso hormiguero en el que estaban y después lanzarse a devorar el mundo. Era un tipo ambicioso, incluso el mencionarlo es desperdiciar palabras.

A medida que él y su escurridizo compinche avanzaban, un sonido impreciso se hacía más fuerte; parecía una multitud esperando algo: un libertador, un redentor quizá. Y así fue, una masa roja se amontonaba alrededor del estrado más imponente que puedan imaginar; detalles dorados por aquí y por allá, reflectores que apuntaban a todos lados y hacia ninguno en especial. Al tiempo que avanzaban encontraron pequeños grupos esperándolo en ambos lados del corredor. Seres que sabes que conoces pero no recuerdas su nombre. Ellos le sonreían y le dirigían miradas de aliento hipócritas, inútiles. Todo el mundo lo sabía, cada quien tenía sus intereses clavados en la yugular del otro. Él les sonreía de la misma manera y agradecía su apoyo. Cuando los saludos y felicitaciones hubieron terminado, buscó en sus pantalones un pañuelo y se limpió la mano que estrechó la de todos aquellos gusanos ignorantes, según su pensar.

Cuando por fin llegó al final del túnel retorcido se detuvo antes de salir a las luces, dio un bostezo largo, casi felino, como despidiéndose del sueño más apacible. Volteó hacia atrás y con una mueca le hizo saber a su asistente que estaba listo para continuar solo. Avanzó con la mirada fija en el centro del escenario, no se distrajo ni un momento para observar la diversidad de rostros que lo seguían con las pupilas. Detrás de él, colgada con elegancia al centro de la imagen, existía una bandera de tela muy brillante. Un símbolo burlón y bien delineado; una imagen de colores revueltos, más antigua y más maldita que la svástica y cualquier otra insignia de guerra. Él no la miró con respeto, sino con un aire de hermandad que caía en la costumbre de ver algo tantas veces que pierde importancia. Era notorio que para la multitud aquella bandera era más que un simple retazo suspendido en el fondo. Más que un partido, una patria o un equipo; era esperanza. La ilusión de que alguien como ellos tuviera en sus manos el poder para lograr la paz, la armonía y el bienestar en todos y cada uno de los rincones, túneles y esquinas de la ciudad. Sueños de que se acabaran las guerras y se cumplieran todas esas utopías que alguna vez se sueña.

Le sonrió a su gente, o a lo que él solía llamar así. Comenzó a hablar. No dijo una palabra de más, no hubo descansos largos entre sus mensajes. Todo lo que salía de él era especialmente detallado, directo. Más que eso, era violento. Escupía las palabras con una belleza tan sublime que convencía. Habló del pueblo y de la unión, de la justicia, de todas esas cosas que se dicen cuando se está fraguando una revolución, o cuando simplemente se pregona ideales que no son propios. Aquel discurso fue un disparo, lanzado con furia, con la vehemencia de quien está cegado por el enojo, por la ambición y por la superioridad. Y no es que no lo fuera, en verdad era más inteligente y sagaz que cualquiera en la sala, con cada palabra lo hacía más notorio. Para todos los demás él era a quien esperaban. Hasta que hubo uno que simplemente dejó de escuchar, y al hacerlo comenzó a pensar. Y pensó acerca del escarabajo que tenía frente a él y su juego de mentiras, y cuando lo hizo se le ocurrió abrir la boca. Al hacerlo fue cuando todo se convirtió en un caos.

Aquella insignificante mancha entre la nube mediocre levantó inusualmente la voz y no tuvo cabeza para decir algo más elegante, más digno de una epopeya como la que se iba a desatar. Con impaciencia y nervios gritó “¡Y por qué debemos hacer caso a alguien que no conocemos, que viene de un lugar tan lejano y que no se parece nada a nosotros!” Justamente ahí es cuando todo se resolvió como nunca debió de ser. La indiferencia del pueblo, la escena limpia, libre, incluso la mirada de aquel que se centraba en la imagen se distorsionó. Y es que la voz que venía de abajo, la mano que se alzaba en la uniformidad tenía algo que él no tenía. Aquella hormiga obrera, diminuta y desconocida tenía razón.
Si la sala completa estaba inmóvil antes de que esto ocurriera en ese preciso momento lo estuvo aún más. Ni siquiera el puño del que no calló bajó. Solo el demonio que se sentía por encima de todos rompió con la inactividad. Olvidó la paciencia, la tranquilidad, la confianza tan infame que sentía. Perdió los estribos, se dejó llevar por el odio, por el ansia de hacer de aquel mundo subterráneo su cuartel y dominarlo todo. La envidia le llenó de sangre las venas, la necesidad de tener aquello que veía en los demás, el apetito incontrolable por abarcar con su sombra el mundo.

Caminó hacia la orilla del estrado, que para entonces se asemejaba a un precipicio donde cae lo que está más negado para uno. Miró al que se atrevió a contradecirlo y al verlo crecieron en él todas las cosas que sintió a lo largo de su desviada existencia. Quiso acabar con aquel que arruinó los planes con sus propias manos. Olvidó el protocolo, el engaño. Pero algo salió mal; su zapato de lustre negro golpeó una imperfección del suelo que no debió de estar en ese preciso lugar. La inercia hizo lo propio y lo obligó a volar.

Por unos momentos sintió que lo había logrado, que no había nadie que pudiera ser como él. Y era cierto, se elevó mucho más de lo que cualquier insecto pudiese haberlo hecho. Soltó una carcajada tan aguda que para todos pareció un grito. A pesar de que se suspendió un buen tiempo en el aire, cayó. Y lo hizo de manera tan estrepitosa que no hubo espacio para un solo lamento, ni siquiera para la sangre. Se partió en mil pedazos y un destello color marrón formó una esfera que creció y se agrietó, y cuando no le quedó espacio para una grieta más explotó, liberando consigo la cabeza de todos los males que existieron y existirán en esta tierra.

Mientras eso ocurría, paseando tranquilamente en el Jardín del Edén, entre un campo interminable de las flores más rojas que pudiesen imaginar, justo debajo del pétalo séptimo de la más guinda, casi púrpura, sin el propósito de hacerlo, Dios aplastó con el pie izquierdo un hormiguero del que provenía una luz extraña.
El libertador
Por Ce Xochitl Tlauhkopa

Dejó que su vista vagara por el jardín infinito de amapolas carmesí. Se detuvo sobre la más lúgubre; una vieja flor guinda que matizaba casi al púrpura. La repasó minuciosamente como si pudiera olerla. Se dejó llevar por el cielo dulzón y las nubes anaranjadas que lo tapizaban. Posó el brazo sobre un sauce seco de lágrimas, cubierto con nieve oscura. Se alejó, observó con detalle cada esquina del cuadro, dio dos pasos más hacia atrás y contempló aquella obra esquizofrénica inmortalizada en óleo; empotrada en el cuarto donde esperaba ansioso el comienzo de la ceremonia. Sonrió confiado y se sentó frente al cuadro a beber.

El sillón de piel oscura era sin duda su compañero de pensamientos. Ahí permaneció con la mente en blanco hasta que decidió ponerse en pie. Dio vueltas alrededor del cuarto ociosamente, como buscando lo que nunca existió. Caminaba lento, pero no estaba cansado. Una hora antes había estado con una hembra, quizá dos, sólo él sabe cuántas. A pesar de eso se mostraba con el porte de siempre: abrigo rígido, vista al frente, paso lento y gallardo; tranquilo. La experiencia y el recuerdo se fueron difuminando como el calor del cuarto que se cerraba en el lugar y el olvido. No se notaba fatigado, en verdad, más bien aburrido. Siguió andando en círculos mientras daba los últimos toques al nudo en su corbata. Sonrió hacia el techo relajado, frío, como quien todo lo puede. Un sonido seco en la puerta puso fin al compás de pasos concéntricos.

Se enderezó, tomó una botella medio vacía que estaba junto al sillón y la exprimió sobre su boca sin derramar gota alguna. Miró de nuevo el óleo como si de un amuleto se tratara y se dirigió a la puerta. Sin aclarar su garganta soltó un seco "ahora voy". Echó un último vistazo hacia atrás, donde se mezclaba el óleo confuso y la mezcla de calor, de sonidos, el olor a licor costoso y maderas recién pulidas; tantas cosas que se perderían en algún lugar tan pronto como él se retirara. Abrió rápidamente la puerta y salió.

Encontróse ahora en un túnel largo y recto; un gusano hueco y de un gris tan muerto que parecía que el tiempo no se detenía allí. Los zapatos con cubierta de alguna criatura que alguna vez respiró resonaban con fuerza a cada paso. Un individuo flaco, de piel arrugada y ojos cansados lo escoltó dándole algunos consejos que él ni siquiera escuchó porque no quería hacerlo, o porque consideraba a aquel asistente un poco idiota. Sus planes no eran generosos, eso estaba claro, pero nadie suponía que su idea de crecimiento fuera tan ambiciosa como apoderarse del asqueroso hormiguero en el que estaban y después lanzarse a devorar el mundo. Era un tipo ambicioso, incluso el mencionarlo es desperdiciar palabras.

A medida que él y su escurridizo compinche avanzaban, un sonido impreciso se hacía más fuerte; parecía una multitud esperando algo: un libertador, un redentor quizá. Y así fue, una masa roja se amontonaba alrededor del estrado más imponente que puedan imaginar; detalles dorados por aquí y por allá, reflectores que apuntaban a todos lados y hacia ninguno en especial. Al tiempo que avanzaban encontraron pequeños grupos esperándolo en ambos lados del corredor. Seres que sabes que conoces pero no recuerdas su nombre. Ellos le sonreían y le dirigían miradas de aliento hipócritas, inútiles. Todo el mundo lo sabía, cada quien tenía sus intereses clavados en la yugular del otro. Él les sonreía de la misma manera y agradecía su apoyo. Cuando los saludos y felicitaciones hubieron terminado, buscó en sus pantalones un pañuelo y se limpió la mano que estrechó la de todos aquellos gusanos ignorantes, según su pensar.

Cuando por fin llegó al final del túnel retorcido se detuvo antes de salir a las luces, dio un bostezo largo, casi felino, como despidiéndose del sueño más apacible. Volteó hacia atrás y con una mueca le hizo saber a su asistente que estaba listo para continuar solo. Avanzó con la mirada fija en el centro del escenario, no se distrajo ni un momento para observar la diversidad de rostros que lo seguían con las pupilas. Detrás de él, colgada con elegancia al centro de la imagen, existía una bandera de tela muy brillante. Un símbolo burlón y bien delineado; una imagen de colores revueltos, más antigua y más maldita que la svástica y cualquier otra insignia de guerra. Él no la miró con respeto, sino con un aire de hermandad que caía en la costumbre de ver algo tantas veces que pierde importancia. Era notorio que para la multitud aquella bandera era más que un simple retazo suspendido en el fondo. Más que un partido, una patria o un equipo; era esperanza. La ilusión de que alguien como ellos tuviera en sus manos el poder para lograr la paz, la armonía y el bienestar en todos y cada uno de los rincones, túneles y esquinas de la ciudad. Sueños de que se acabaran las guerras y se cumplieran todas esas utopías que alguna vez se sueña.

Le sonrió a su gente, o a lo que él solía llamar así. Comenzó a hablar. No dijo una palabra de más, no hubo descansos largos entre sus mensajes. Todo lo que salía de él era especialmente detallado, directo. Más que eso, era violento. Escupía las palabras con una belleza tan sublime que convencía. Habló del pueblo y de la unión, de la justicia, de todas esas cosas que se dicen cuando se está fraguando una revolución, o cuando simplemente se pregona ideales que no son propios. Aquel discurso fue un disparo, lanzado con furia, con la vehemencia de quien está cegado por el enojo, por la ambición y por la superioridad. Y no es que no lo fuera, en verdad era más inteligente y sagaz que cualquiera en la sala, con cada palabra lo hacía más notorio. Para todos los demás él era a quien esperaban. Hasta que hubo uno que simplemente dejó de escuchar, y al hacerlo comenzó a pensar. Y pensó acerca del escarabajo que tenía frente a él y su juego de mentiras, y cuando lo hizo se le ocurrió abrir la boca. Al hacerlo fue cuando todo se convirtió en un caos.

Aquella insignificante mancha entre la nube mediocre levantó inusualmente la voz y no tuvo cabeza para decir algo más elegante, más digno de una epopeya como la que se iba a desatar. Con impaciencia y nervios gritó “¡Y por qué debemos hacer caso a alguien que no conocemos, que viene de un lugar tan lejano y que no se parece nada a nosotros!” Justamente ahí es cuando todo se resolvió como nunca debió de ser. La indiferencia del pueblo, la escena limpia, libre, incluso la mirada de aquel que se centraba en la imagen se distorsionó. Y es que la voz que venía de abajo, la mano que se alzaba en la uniformidad tenía algo que él no tenía. Aquella hormiga obrera, diminuta y desconocida tenía razón.
Si la sala completa estaba inmóvil antes de que esto ocurriera en ese preciso momento lo estuvo aún más. Ni siquiera el puño del que no calló bajó. Solo el demonio que se sentía por encima de todos rompió con la inactividad. Olvidó la paciencia, la tranquilidad, la confianza tan infame que sentía. Perdió los estribos, se dejó llevar por el odio, por el ansia de hacer de aquel mundo subterráneo su cuartel y dominarlo todo. La envidia le llenó de sangre las venas, la necesidad de tener aquello que veía en los demás, el apetito incontrolable por abarcar con su sombra el mundo.

Caminó hacia la orilla del estrado, que para entonces se asemejaba a un precipicio donde cae lo que está más negado para uno. Miró al que se atrevió a contradecirlo y al verlo crecieron en él todas las cosas que sintió a lo largo de su desviada existencia. Quiso acabar con aquel que arruinó los planes con sus propias manos. Olvidó el protocolo, el engaño. Pero algo salió mal; su zapato de lustre negro golpeó una imperfección del suelo que no debió de estar en ese preciso lugar. La inercia hizo lo propio y lo obligó a volar.

Por unos momentos sintió que lo había logrado, que no había nadie que pudiera ser como él. Y era cierto, se elevó mucho más de lo que cualquier insecto pudiese haberlo hecho. Soltó una carcajada tan aguda que para todos pareció un grito. A pesar de que se suspendió un buen tiempo en el aire, cayó. Y lo hizo de manera tan estrepitosa que no hubo espacio para un solo lamento, ni siquiera para la sangre. Se partió en mil pedazos y un destello color marrón formó una esfera que creció y se agrietó, y cuando no le quedó espacio para una grieta más explotó, liberando consigo la cabeza de todos los males que existieron y existirán en esta tierra.

Mientras eso ocurría, paseando tranquilamente en el Jardín del Edén, entre un campo interminable de las flores más rojas que pudiesen imaginar, justo debajo del pétalo séptimo de la más guinda, casi púrpura, sin el propósito de hacerlo, Dios aplastó con el pie izquierdo un hormiguero del que provenía una luz extraña.
El libertador
Por Ce Xochitl Tlauhkopa

Dejó que su vista vagara por el jardín infinito de amapolas carmesí. Se detuvo sobre la más lúgubre; una vieja flor guinda que matizaba casi al púrpura. La repasó minuciosamente como si pudiera olerla. Se dejó llevar por el cielo dulzón y las nubes anaranjadas que lo tapizaban. Posó el brazo sobre un sauce seco de lágrimas, cubierto con nieve oscura. Se alejó, observó con detalle cada esquina del cuadro, dio dos pasos más hacia atrás y contempló aquella obra esquizofrénica inmortalizada en óleo; empotrada en el cuarto donde esperaba ansioso el comienzo de la ceremonia. Sonrió confiado y se sentó frente al cuadro a beber.

El sillón de piel oscura era sin duda su compañero de pensamientos. Ahí permaneció con la mente en blanco hasta que decidió ponerse en pie. Dio vueltas alrededor del cuarto ociosamente, como buscando lo que nunca existió. Caminaba lento, pero no estaba cansado. Una hora antes había estado con una hembra, quizá dos, sólo él sabe cuántas. A pesar de eso se mostraba con el porte de siempre: abrigo rígido, vista al frente, paso lento y gallardo; tranquilo. La experiencia y el recuerdo se fueron difuminando como el calor del cuarto que se cerraba en el lugar y el olvido. No se notaba fatigado, en verdad, más bien aburrido. Siguió andando en círculos mientras daba los últimos toques al nudo en su corbata. Sonrió hacia el techo relajado, frío, como quien todo lo puede. Un sonido seco en la puerta puso fin al compás de pasos concéntricos.

Se enderezó, tomó una botella medio vacía que estaba junto al sillón y la exprimió sobre su boca sin derramar gota alguna. Miró de nuevo el óleo como si de un amuleto se tratara y se dirigió a la puerta. Sin aclarar su garganta soltó un seco "ahora voy". Echó un último vistazo hacia atrás, donde se mezclaba el óleo confuso y la mezcla de calor, de sonidos, el olor a licor costoso y maderas recién pulidas; tantas cosas que se perderían en algún lugar tan pronto como él se retirara. Abrió rápidamente la puerta y salió.

Encontróse ahora en un túnel largo y recto; un gusano hueco y de un gris tan muerto que parecía que el tiempo no se detenía allí. Los zapatos con cubierta de alguna criatura que alguna vez respiró resonaban con fuerza a cada paso. Un individuo flaco, de piel arrugada y ojos cansados lo escoltó dándole algunos consejos que él ni siquiera escuchó porque no quería hacerlo, o porque consideraba a aquel asistente un poco idiota. Sus planes no eran generosos, eso estaba claro, pero nadie suponía que su idea de crecimiento fuera tan ambiciosa como apoderarse del asqueroso hormiguero en el que estaban y después lanzarse a devorar el mundo. Era un tipo ambicioso, incluso el mencionarlo es desperdiciar palabras.

A medida que él y su escurridizo compinche avanzaban, un sonido impreciso se hacía más fuerte; parecía una multitud esperando algo: un libertador, un redentor quizá. Y así fue, una masa roja se amontonaba alrededor del estrado más imponente que puedan imaginar; detalles dorados por aquí y por allá, reflectores que apuntaban a todos lados y hacia ninguno en especial. Al tiempo que avanzaban encontraron pequeños grupos esperándolo en ambos lados del corredor. Seres que sabes que conoces pero no recuerdas su nombre. Ellos le sonreían y le dirigían miradas de aliento hipócritas, inútiles. Todo el mundo lo sabía, cada quien tenía sus intereses clavados en la yugular del otro. Él les sonreía de la misma manera y agradecía su apoyo. Cuando los saludos y felicitaciones hubieron terminado, buscó en sus pantalones un pañuelo y se limpió la mano que estrechó la de todos aquellos gusanos ignorantes, según su pensar.

Cuando por fin llegó al final del túnel retorcido se detuvo antes de salir a las luces, dio un bostezo largo, casi felino, como despidiéndose del sueño más apacible. Volteó hacia atrás y con una mueca le hizo saber a su asistente que estaba listo para continuar solo. Avanzó con la mirada fija en el centro del escenario, no se distrajo ni un momento para observar la diversidad de rostros que lo seguían con las pupilas. Detrás de él, colgada con elegancia al centro de la imagen, existía una bandera de tela muy brillante. Un símbolo burlón y bien delineado; una imagen de colores revueltos, más antigua y más maldita que la svástica y cualquier otra insignia de guerra. Él no la miró con respeto, sino con un aire de hermandad que caía en la costumbre de ver algo tantas veces que pierde importancia. Era notorio que para la multitud aquella bandera era más que un simple retazo suspendido en el fondo. Más que un partido, una patria o un equipo; era esperanza. La ilusión de que alguien como ellos tuviera en sus manos el poder para lograr la paz, la armonía y el bienestar en todos y cada uno de los rincones, túneles y esquinas de la ciudad. Sueños de que se acabaran las guerras y se cumplieran todas esas utopías que alguna vez se sueña.

Le sonrió a su gente, o a lo que él solía llamar así. Comenzó a hablar. No dijo una palabra de más, no hubo descansos largos entre sus mensajes. Todo lo que salía de él era especialmente detallado, directo. Más que eso, era violento. Escupía las palabras con una belleza tan sublime que convencía. Habló del pueblo y de la unión, de la justicia, de todas esas cosas que se dicen cuando se está fraguando una revolución, o cuando simplemente se pregona ideales que no son propios. Aquel discurso fue un disparo, lanzado con furia, con la vehemencia de quien está cegado por el enojo, por la ambición y por la superioridad. Y no es que no lo fuera, en verdad era más inteligente y sagaz que cualquiera en la sala, con cada palabra lo hacía más notorio. Para todos los demás él era a quien esperaban. Hasta que hubo uno que simplemente dejó de escuchar, y al hacerlo comenzó a pensar. Y pensó acerca del escarabajo que tenía frente a él y su juego de mentiras, y cuando lo hizo se le ocurrió abrir la boca. Al hacerlo fue cuando todo se convirtió en un caos.

Aquella insignificante mancha entre la nube mediocre levantó inusualmente la voz y no tuvo cabeza para decir algo más elegante, más digno de una epopeya como la que se iba a desatar. Con impaciencia y nervios gritó “¡Y por qué debemos hacer caso a alguien que no conocemos, que viene de un lugar tan lejano y que no se parece nada a nosotros!” Justamente ahí es cuando todo se resolvió como nunca debió de ser. La indiferencia del pueblo, la escena limpia, libre, incluso la mirada de aquel que se centraba en la imagen se distorsionó. Y es que la voz que venía de abajo, la mano que se alzaba en la uniformidad tenía algo que él no tenía. Aquella hormiga obrera, diminuta y desconocida tenía razón.
Si la sala completa estaba inmóvil antes de que esto ocurriera en ese preciso momento lo estuvo aún más. Ni siquiera el puño del que no calló bajó. Solo el demonio que se sentía por encima de todos rompió con la inactividad. Olvidó la paciencia, la tranquilidad, la confianza tan infame que sentía. Perdió los estribos, se dejó llevar por el odio, por el ansia de hacer de aquel mundo subterráneo su cuartel y dominarlo todo. La envidia le llenó de sangre las venas, la necesidad de tener aquello que veía en los demás, el apetito incontrolable por abarcar con su sombra el mundo.

Caminó hacia la orilla del estrado, que para entonces se asemejaba a un precipicio donde cae lo que está más negado para uno. Miró al que se atrevió a contradecirlo y al verlo crecieron en él todas las cosas que sintió a lo largo de su desviada existencia. Quiso acabar con aquel que arruinó los planes con sus propias manos. Olvidó el protocolo, el engaño. Pero algo salió mal; su zapato de lustre negro golpeó una imperfección del suelo que no debió de estar en ese preciso lugar. La inercia hizo lo propio y lo obligó a volar.

Por unos momentos sintió que lo había logrado, que no había nadie que pudiera ser como él. Y era cierto, se elevó mucho más de lo que cualquier insecto pudiese haberlo hecho. Soltó una carcajada tan aguda que para todos pareció un grito. A pesar de que se suspendió un buen tiempo en el aire, cayó. Y lo hizo de manera tan estrepitosa que no hubo espacio para un solo lamento, ni siquiera para la sangre. Se partió en mil pedazos y un destello color marrón formó una esfera que creció y se agrietó, y cuando no le quedó espacio para una grieta más explotó, liberando consigo la cabeza de todos los males que existieron y existirán en esta tierra.

Mientras eso ocurría, paseando tranquilamente en el Jardín del Edén, entre un campo interminable de las flores más rojas que pudiesen imaginar, justo debajo del pétalo séptimo de la más guinda, casi púrpura, sin el propósito de hacerlo, Dios aplastó con el pie izquierdo un hormiguero del que provenía una luz extraña.

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