viernes, junio 04, 2010
(Elucubrado en la bitácora de Alberto Chimal)
domingo, febrero 14, 2010
Aurora
Fatigados, ese día decidimos bajarnos del mundo. Instalaron, muy cerca del primer cuadro del Centro, un portal de Aurora. Tardaron seis meses en montarlo, trece ingenieros holandeses, once contratistas y trescientos dieciséis albañiles (de los cuales siete murieron antes de tirar el colado y tres en la propia aurora días antes de su inauguración. En enero de dos mil doce, el presidente cortó el listón, que de inmediato fue arrastrado por ese vórtex luminoso, redentor. Hizo las tijeras a un lado y se lanzó, con todo y banda presidencial, al agujero boreal. Quizá sin él podíamos haber recuperado la ciudad, al país, un pedacito siquiera. Pero el túnel ya estaba allí, y nosotros teníamos dos días formados en la calle de Moneda. La espera habría sido un desperdicio.
domingo, noviembre 29, 2009
Cuento
¿Y si yo fuera ciego, me gustaría el mismo tipo de mujeres? ¿le vería caso a la estética corpórea; me importaría en algún sentido irme a la cama con una sirena o una orca?
¿Pondría el mismo peso a unos ojos azules que a unos color banqueta? ¿a quién rendirían tributo estas manos, qué pieles y de qué texturas seríans sus tierras de arado? ¿sería más relevante la voz -dulcísima o grave como cañería en el sótano, o madera o cereza- y la manera en que pasas saliva, el modo en que tus dedos me atacasen kamikaze sin yo saber por dónde?
¿Qué valdría ahora tu cuello, fuente de perfume frutal, cómo buscaría tu cabello -canela-, sería buena brújula mi nariz para bajar en el mapa de tu cadera, y podría yo quedarme pasmado frente a esos tus pezones rosados? 'encontraría tu sexo, así, sin tomar puentes ni atajos? y a qué me sabría tu boca si no puedo verla ya. ¿Sentiría con más fuerza tu labio estrellándose en el mío o el olor de tu saliva tibia?
¿Tú crees que mediría nuestras conversaciones por el número de veces que tu aliento llegase a mi frente, a mis párpados clausurados? si no pudiera ver, ¿me seguirías gustando tú? ¿o ninguna? ¿o una mujer de origami?
¿me seguiría enamorando así de ti o de todas? ¿o es que soy innegablemente visual, así, invidente? ¿te me esconderías en la casa y me perderías con el olor de la cocina, de un pescado empimentado y con cebolla salteada, de un pan de elote recién escupido del horno? y si lo hicieras, con qué sentido lo harías, sería a propósito?
¿te gustaría yo si fuera ciego, cari? ¿te dejarías explorar -curioso- como la sala de un museo? ¿recorrerte con los nuevos ojos de los dedos y reconocer tu nariz una y otra vez? ¿me importaría si fuese afilada o a cabara en gotita, o tu mentón o tus orejas?
¿tendríamos espejos en la casa? y si es así, ¿cómo me vería yo en ellos? mejor dicho, ¿cómo me verías tú en ellos? ¿se volvería todavía más agrio mi carácter y humor? ¿me costaría mucho trabajo servirme cereal y olfatear la leche en el refrigerador?
¿hablaría de todo esto del amor, si fuera ciego? si no pudiese leer más mis libros y mis notas, si no volviese a ir al cine. ¿qué haría de mi colección de películas? ¿sería tan potente la música para llenar el hueco de globos visuales? ¿no dejarían muchas cosas de ser problemas -y otras tantas se volverían imposibles- y no sería tan relativo todo? ¿se vería más claramente todo de no poder ver? ¿dónde estás?
jueves, octubre 01, 2009

Sin título
lunes, julio 20, 2009
{Minificción escrita en el blog de Alberto Chimal, lashistorias.com.mx , ya saben, pal concurso mensual}. Abrazos gorilescos. Vibra buena
Empezó con una foto. Se coló , de quién sabe dónde. En un taller desarmaron la cámara para encontrarla vacía: el insecto no estaba dentro del aparato, pero tampoco estuvo en el lugar donde se tomó la fotografía. Días después, en una televisión de un chino divorciado de 67 años aparecieron dos, y luego en Indonesia, en la pantalla de plasma de la computadora de una modelo de calcetines rosas marcharon decenas, como una lluvia de interferencia cuando no hay señal de televisión. Después todo fue un caos. No estaban ni en internet, ni en cables, tampoco en las locacioens donde se filmaban películas. En los cines, donde aparecían en la pantalla en tamaño descomunal, no, ahí no estaban. La curiosidad de ver un bicho en la pantalla de un aparato digital se convirtió en asco, cuando infestaron los ipod’s y teléfonos celulares. La moletia de no ver los números que se marcan o el fondo de escritorio se convirtió en un obstáculo para operar máquinas, para administrar tiendas, para mover trenes, hacer cirujías, arreglar un coche. Todo tenía pantallas en el 2011, y todo lo que tenía pantallas fue infestado y carcomido por enormes cucarachas. No hubo detergentes, ni virus, biológicos o informáticos, para combatirlas. Su número cada vez más creciente bloqueó todos y cada uno de los pixeles en el mundo. Hartos, decidimos apagarlos. Quizá haya sido lo mejor; regresamos a una vida de campo, más tranquila, más autónoma. Pero agradecerles, nunca. Eso responde, tal vez a tu pregunta. No pican, no se comen nuestra comida, no traen enfermedades, pero, por tradición y venganza de la civilización que alguna vez fuimos, dejamos caer nuestros zapatos sobre ellos, pesados como juicios.
martes, julio 07, 2009
El concurso de mayo del blog de mi maestro y amigo Alberto Chimal (www.lashistorias.com.mx) tenía la presente imagen como detonante de microhistorias. Para no hacer larga la explicación, escribí la siguiente historia y fui uno de los felices ganadores del mes. Transcribo el texto. Echo de menos este blog. No prometo nada, pero haré el intento por rescatarlo, de nuevo.
¡No eran los lobos, idiotas! Repetía cada vez más frenético el Doctor Frintz mientras dejaba caer de su escritorio hojas y hojas de historias de cannis lupus, de registros de licántropos, de recortes periodísticos viejos sobre transformaciones nahuales. “¡lobos, lobos, nunca fueron los lobos!, y tanto tiempo nos empeñamos en encerrarlos en zoológicos, prisiones. Fuimos por ellos a los montes y los cazamos veranos enteros al escucharlos aullar. ¡Y nunca fueron los lobos!” gritaba delirante Frintz arreglándose los anteojos al tiempo que reía con una risa cada vez más nerviosa. “Y a los que quedaron les sacamso los ojos para que no pudiesen ver la Luna, y les sacamos las cuerdas vocales para callar para siempre esos aullidos infernales. ¡y no eran los lobos!” se sacudía la bata del pecho hacia abajo como un tic paranoico. Daba vueltas por el deprimente y sombrío laboratorio en el viejo centro de Berlín. “¡y eran ellos los únicos que podían ayudar, idiotas, idiotas, Estamos condenados!” sale del cuarto bajo la lluvia y camina apresuradamente sin rumbo, zigzagueante, manoteando al aire, como queriendo explicarse con fórmulas imaginarias, como queriendo forjarse una prisión de cristal bajo la lluvia de las calles, Sigue balbuceando, cada vez más rápido, las gotas tapizan sus anteojos, pasa en el centro de todos y cada uno de los charcos, tropieza con una alcantarilla y cae de rodillas. Se levanta, como si su humanidad de más de setenta años fuese de goma, avienta para atrás con un ademán agresivo su cabello grisáceo ahora empapado. Llega a la esquina, gritoneando, haciendo pedazos el aire y las gotas con las manos, fuera de sí, loco, irremediablemente loco. Se recarga, exhausto, con la respiración entrecortada, tosiendo, en el muro de la esquina, se encorva mientras respira y, al volver la vista al frente detiene los gritos, los ademanes, la respiración y hasta las gotas que cruzaban frente a sus ojos. Lo detuvo todo un segundo al tiempo que escupió con un tono agrio, rasposo y fúnebre “no eran los lobos”. Al tiempo que la Luna llena iluminaba su rostro arrugado y descompuesto en la otra esquina la luz de un farol iluminaba otros rostros, peludos, con ojos negros, infinitamente negros. Cuando cruzaron miradas esos ojos con los del viejo, muerto de miedo, Frintz, pronunció casi silbando, con su último aliento “eran las ratas”.
viernes, diciembre 05, 2008
Snow
Dicen que la nieve son esos diminutos espíritus celtas y normandos y visigodos y galos y vikingos que nunca encontraron paz en ningún sepulcro ni en ningún paraíso ni en ninguno de los infiernos en los que se encontraban, ya muertos, para seguir luchando. Por eso en esos lugares escandinavos, viejos y nostálgicos, lontananza de peleas que nunca se acabaron de pelear, se baten una y otra vez desde quién sabe donde y vienen a mal morir en la memoria y en los abrigos de quienes pasan sin saber por qué nieve.
(Minificción engendrada en el facebook de Gera, a raíz del videito de sus vacaciones), Vibras caracolas. Los echo de menos, lectores que nunca vinieron.

